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Las uñas de los pies
domingo, julio 27, 2008, 02:37 PM


En Estados Unidos causan furor unos pececitos que hacen de pedicuros: uno zampa los pies en una pecera y los pececitos "trabajan" y te dejan como nuevo. Esta nota hace agua por todas partes.

El cementerio está cerca. La uña del meñique derecho de Pedro Pérez, enterrado ayer, empezó a crecer tan pronto como colocaron la losa. Como el féretro era de mala calidad (pidieron el ataúd más barato) la garfa no tuvo dificultad para despuntar deslizándose hacia la pared de la casa. (....) "La uña", Max Aub.

Lo de los pececitos es probablemente una gran avivada, una cuestión snob, una mera moda que pasará muy rápido. El sistema, parece, consiste en la utilización de pequeñas carpas, también llamadas pez doctor, que no tienen dientes y que en China ya se utilizaban para hacer masajes y dar placer. Con iguales resultados, en el Amazonas usan pirañas, que te solucionan de modo definitivo el problema de las uñas y nadie hace tanto escándalo. Con respuestas más modestas, en nuestros ríos tenemos unas simpáticas palometas (esas, no; las otras) que hacen el mismo trabajo aunque de modo más chapucero, al estilo argentino...

Las uñas de los pies, se sabe, no son iguales a las de las manos. Vaya a saber por qué cuestión, que explicarán los especialistas, las uñas de los pies son mucho más duras y su manejo y cuidado requieren mayor especificidad y atención. Las uñas de las manos están en general a la vista, uno las ve todo el tiempo, y es mucho más fácil actuar sobre ellas con un simple alicate o una tijera. Por el contrario, las de los pies suelen estar escondidas dentro de medias y zapatos, no están "a mano" (valga el juego de palabras) y el ejercicio del recorte es más planificado y no tan cotidiano. Requiere además, de cierta plasticidad: no es fácil (o para decirlo de otra comprobada manera: se hace cada vez más difícil con el correr de los años) inclinarse hasta allá y concentrarse en un punto específico. Conozco gente que se ganó gratis un soberano dolor de columna, una lumbalgia o algo así sólo por querer cortarse una mísera y lejana uña.

Por otra parte, uno se lava constantemente las manos, pero solamente una o dos veces al día los pies. Las uñas de los pies, por ende, están menos vigiladas y así crecen y se endurecen lejos de la mirada inquisidora de su dueño.

Cortar las uñas de los pies genera desafíos importantes: hay veces que uno mismo o un tercero deben forcejear con algún elemento cortante para desprender un pedazo. El resultado puede ser un balazo, un proyectil, un arma cortante que sale despedida como esos shuriken orientales...

Tenemos el caso del abuelo. Cuando le cortaban las uñas, había...



más bien que apartarse porque un pedazo de ellas disparado podía rebanarte la yugular limpia, o clavarse profundamente en el torso, perforarte una oreja o sacarte un ojo. Había un generalizado respeto, pariente pulcro del miedo, hacia las uñas del abuelo.

Por lo pronto, la abuela procedía a una profunda y tan larga como el sujeto lo permitiera, remojada de patas (el abuelo, disculpen ustedes, tenía patas) y por ende de uñas, en la inocente creencia de que el agua, con sal (los pescaditos chinos no tendrían ni por dónde empezar con las uñas del nono), ablandaría esas rocas calcáreas. Ilusa, la nona. Las uñas del abuelo no podían compararse con las lentejas que pasaban la noche en agua...

Luego la abuela trabajaba directamente con tenazas, o con la ayuda de algún nieto servicial o suicida: un cachetazo del nono desde esas alturas y con esas manazas te podía acomodar o desacomodar para el resto del viaje.

Y aquí estamos ahora. En el campo se reirían con fuerza de un podólogo. El abuelo necesitaba más bien un carpintero con fuerza y garlopa recién afilada. Y si esos pies (cuarenticinco endurecidos) llegaran a utilizar la nueva técnica de pececitos podadores, vayan preparándose para comer puré de carpas. Y la corto aquí. Y nadie meta uña en el asunto.

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